miércoles, 23 de abril de 2014

Estupor y temblores

 Estupor y temblores, libro que hemos leído en este último trimestre, tiene un buen ejemplo del choque entre dos culturas (oriental y occidental), ambas nacidas de un mismo núcleo. Quizás, la idea oriental que nos puede parecer más impactante de la obra, para unos occidentales como nosotros (a parte de la pronunciada jerarquía social), es la de que un oriental no tiene como objetivo primero alcazar la felicidad, tan solo seguir las normas y subordinarse jerárquicamente.
También nos puede llamar la atención el valor que se le da al suicidio, y que en otras culturas no ocurre, ¿Es por tanto el suicidio moral?, desde luego para un oriental si, entonces ¿deberíamos pretender los occidentales cambiar su mentalidad?

Para nosotros el Harakiri puede parecernos algo absurdo y desagradable, para un oriental japonés, es sin ninguna duda una cuestión de honor, es rechazar a la muerte natural, y transformar una muerte producida por uno mismo en orgullo.

 Mujer preparándose para realizar el Harakiri.

De todas formas es evidente en la cultura occidental, como el suicidio comenzó a cobrar importancia en el siglo XIX, tomándolo como algo poético y melancólico, y no una cuestión de honor, son innumerables los artistas románticos que se suicidaron, sin ser esto algo moral.

Se produce en Estupor y Temblores más choques contraculturales, como es el caso de la antes citada jerarquización (estratificación social) de tipo medieval de la sociedad, que aún está presente, y que ha nosotros puede parecerenos absurda.

Como vimos en el libro hay jerarquía en las corporaciones, pero también en las universidades, en todos los programas educativos y, prácticamente todo lo que puede jerarquizarse, está jerarquizado.

 Este énfasis en el rango y la jerarquía no se limita sólo a cosas e instituciones, atañe también a la gente. Existe una preocupación por la ordenación relativa de status de las personas que dificulta el trato de igual a igual entre ellas. Los japoneses son incapaces de sentarse, hablar o beber con otras personas hasta que no están razonablemente seguros del lugar que ocupan en la jerarquía. Es en ese contexto social donde se desarrolla la práctica de intercambiar tarjetas de visita: es un ritual que sirve para que nadie se sienta ofendido por otro que no toma en consideración las indicaciones de status que hay en la tarjeta. Una vez que se han establecido los indicadores relevantes de status como la edad, el sexo, la educación, la ocupación y el lugar de trabajo, comer, hablar, beber o cualquier otra acción puede realizarse de una manera ordenada y sin ofender a alguien que espera una mayor deferencia de status.

 Sucede lo mismo con el idioma, que tiene un amplio uso de palabras para definir el trato según el status social.

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